En los últimos años, hemos visto cómo los diagnósticos de trastorno del espectro autista (TEA) y TDAH han aumentado de forma considerable. Cada vez hablamos más de ellos y cada vez hay más personas recibiendo estos diagnósticos, tanto niños y adolescentes como adultos. Pero el aumento de los diagnósticos no significa necesariamente que haya aumentado el número de personas autistas o con TDAH. Parte de este incremento puede explicarse por una mayor sensibilización y detección, por la identificación de personas que anteriormente quedaban fuera del sistema y también por cambios en la forma de definir las categorías diagnósticas, especialmente en el caso del TEA, con el paso del DSM-IV al DSM-5. Aun así, merece la pena preguntarse si, en determinados casos, las categorías diagnósticas son tan amplias que algunas diferencias o dificultades propias de la vida cotidiana terminan considerándose condiciones patológicas cuando quizá no deberían.
Precisamente por eso, merece la pena reflexionar sobre la situación actual sin reducirla a un “sobrediagnóstico sí o no”. ¿Qué está haciendo que cada vez más personas lleguen a un diagnóstico? Existe, en primer lugar, una tendencia creciente a medicalizar el malestar y las diferencias individuales, convirtiendo problemas complejos en etiquetas que permiten clasificarlos y tratarlos, pero que pueden dejar en segundo plano la vivencia y el contexto real de la persona. A esto se suma que el diagnóstico tiene cada vez más utilidades en distintos ámbitos. En el educativo, por ejemplo, puede ser fundamental para acceder a determinados recursos, adaptaciones o apoyos. Si no existe un informe que acredite una necesidad, conseguir determinados recursos profesionales o económicos puede resultar imposible.
Las redes sociales han añadido otra variable al problema. Encontrar listas de síntomas, experiencias personales o “señales” de TDAH o autismo puede ayudar a muchas personas a poner palabras a dificultades que llevaban años intentando entender. Pero sentirte identificado en una descripción no debería convertirse automáticamente en una conclusión. Además, el diagnóstico puede acabar teniendo un peso importante en la identidad. Para algunas personas supone un alivio y permite comprender dificultades que antes generaban culpa o incomprensión. Sin embargo, también puede ocurrir que la etiqueta termine “definiéndome”. Es algo que podemos encontrar también en consulta, cuando una persona empieza a justificar sus conductas o a limitar sus expectativas desde el diagnóstico: “es que yo SOY TDAH”.
Y hay otra cuestión que no deberíamos dejar fuera: el mundo en el que vivimos también ha cambiado. El ritmo de vida, la hiperestimulación y la presencia constante de pantallas forman parte de la infancia y de la vida adulta de una manera que hace unas décadas era difícil de imaginar. Esto no significa que las pantallas causen TDAH o TEA, ni que expliquen por sí solas las dificultades de atención o regulación. Pero sí podemos preguntarnos si un entorno que exige atención constante, rapidez y adaptación permanente hace que determinadas dificultades sean más visibles o más difíciles de manejar. Quizá no solo haya que preguntarse qué le ocurre al niño o al adulto, sino también qué le estamos pidiendo que haga durante todo el día.
Todo esto no invalida el TEA ni el TDAH, ni mucho menos las dificultades reales de quienes reciben estos diagnósticos. Tampoco significa que diagnosticar sea algo negativo. Un buen diagnóstico puede cambiar la vida de una persona y permitirle acceder a una comprensión y unos apoyos que antes no tenía.
Lo interesante es seguir preguntándonos qué estamos intentando explicar cuando diagnosticamos, qué necesita realmente esa persona y qué otras posibilidades dejamos fuera cuando una etiqueta parece encajar perfectamente con una persona.
