Alcanzar los 30 años suele estar socialmente asociado al cumplimiento de determinadas expectativas. Es una etapa que tiende a vincularse con decisiones ya consolidadas y con una supuesta estabilidad vital. Sin embargo, muchas personas atraviesan este momento acompañadas de dudas significativas, comparaciones constantes con su entorno y cuestionamientos profundos acerca de lo que desean y no desean para su vida. Esta etapa suele ir acompañada de un proceso emocional que nos permite revisar nuestras decisiones, vínculos y proyectos de vida.

Hay varios factores que pueden estar presentes en este periodo. Por un lado, cuestiones relacionadas con el ámbito laboral, como la estabilidad profesional. Por otro, la consolidación o ruptura de relaciones de pareja, muchas veces asociadas a los pasos socialmente esperados dentro de este tipo de vínculo (por ejemplo, empezar a convivir o casarse). Asimismo, pueden aparecer presiones relacionadas con la maternidad o la paternidad, o interrogantes en torno a la independencia económica y la posibilidad de alcanzar los objetivos personales planteados asociados a ésta.

La existencia de múltiples decisiones relevantes puede generar que, dentro de un mismo grupo de iguales, existan situaciones vitales muy diferentes. Esto, en ocasiones, provoca una gran sensación de distancia respecto a vínculos cercanos, comparaciones constantes y un sentimiento de soledad o incomprensión al compartir con personas que se encuentran en momentos vitales tan distintos.

En el fondo, con frecuencia aparece un proceso de duelo. Puede tratarse de un duelo por etapas anteriores que se dejan atrás o por futuros deseados que, por diversas circunstancias, no se están pudiendo alcanzar.

Por ejemplo, si una persona desea dar el paso hacia la maternidad dentro de un proyecto de pareja estable y no cuenta con dicha relación, es posible que experimente un duelo por aquello que anhela y no tiene, o una profunda angustia ante un objetivo que está fuera de su control. De igual modo, puede suceder en situaciones como el deseo de adquirir una vivienda cuando la inestabilidad económica no lo permite. Si además, personas del entorno cercano comienzan a alcanzar esos objetivos, es natural que produzcan comparaciones y mucho malestar asociado a todo ello.

En este contexto, es muy importante reflexionar acerca del origen de nuestros objetivos: diferenciar si responden a deseos propios o si están influidos por expectativas sociales que generan presión interna. Cuando aparece la insatisfacción o se intensifican las comparaciones, puede ser útil preguntarse: “¿Esto es realmente lo que deseo?” o “¿Me siento mal porque no estoy en el lugar que socialmente “debería” ocupar?”. Detrás de estas preguntas, en muchas ocasiones es donde aparece el duelo del que hablábamos previamente. Reconocer ese malestar y darle espacio puede ser parte importante del proceso de adaptación a este momento vital.

A los 30 no deberíamos tener todas las respuestas. De hecho, cuestionarse forma parte del desarrollo psicológico saludable.

Si sientes que estás en esta etapa de tu vida y te está costando saber cómo lidiar con ello, no dudes en ponerte en contacto con nosotras.