Nunca antes habíamos tenido tantas referencias sobre cómo vivir. Y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil vivir sin comparar o sin pensar si lo estás haciendo o no bien. Las redes sociales se han convertido en un escaparate normativo donde la maternidad (y la no maternidad) se observa, se juzga y muchas veces, se idealiza.

La maternidad digital suele presentarse muy diferente a como es en realidad: embarazos fotografiados y estilizados, partos bonitos y perfectos, lactancias sin complicaciones, bebés emocionalmente regulados y madres y padres que no parecen agotados y que no pierden la compostura. Esta narrativa no surge por casualidad, si no que responde a un algoritmo que premia lo aspiracional, lo estético y lo viral. El problema no es que existan experiencias positivas, sino que se presenten como la norma. De esta manera, hay personas que llegan a la experiencia de maternidad con mucha frustración por no encontrarse aquello que había idealizado o visto en redes. O personas que no pueden ser madres/padres y se ven frustrados porque parece que lo “sano” es tener hijos y que esto sea de forma sencilla (a la primera, sin complicaciones, sin abortos, sin duelos…).

Esta exposición constante hace que entremos en una comparativa continuada. Nos medimos con versiones editadas de otras vidas y, casi inevitablemente, salimos perdiendo. En el ámbito de la crianza, esto se traduce en culpa: culpa por no hacerlo “tan bien”, por no disfrutar lo suficiente, por desear tiempo propio, por cansarse, por equivocarse. Además, a veces esa culpa se traduce en “sentirme mal por no querer ser madre”, “por no hacer lo que me toca”, “por no poder ser madre en el caso de quererlo y no poder”. La no maternidad en redes, a menudo se ve obligada a justificarse: como elección consciente, como acto de libertad, como rechazo a un sistema. Y aunque estas narrativas son necesarias, a veces generan otra forma de presión: la de tener que estar absolutamente segura, satisfecha y realizada. Como si la duda, la ambivalencia o el dolor no tuvieran cabida fuera de la maternidad, cuando esto último es lo más habitual. Es muy complicado una maternidad o no maternidad sin dudas, sin preguntas sin resolver, sin ambivalencias donde a veces quiero ser madre y otras no quiero. Lo que debería ser, rara vez coincide con lo que es, y en esa brecha aparece el malestar, la frustración y el dolor.

Quizá el reto no sea abandonar las redes o demonizarlas, sino aprender a habitarlas con mayor pensamiento crítico y compasión. Entender que lo que vemos es un recorte de una vida, no el todo, que no hay una única forma correcta de maternar ni de no hacerlo, que la culpa no es una señal de fracaso individual, sino muchas veces el síntoma de expectativas imposibles de cumplir. Que importante es poder humanizar la experiencia vivida, sea cual sea. Mostrar el cansancio, la ambivalencia, el deseo de huir y el de quedarse. Esto quizá es más real y sano.

Si al leer esto te resuena, te sientes identificado o crees que necesitas un acompañamiento en el maternaje (sea cual sea el tuyo) contacta con nosotras.