En la actualidad, muchas madres viven la crianza desde una profunda sensación de soledad y esto se produce principalmente por la individuación y falta de apoyo que tenemos hoy en día. Antes se crecía en tribu, en comunidad: se veía de cerca el nacimiento, la crianza, la lactancia y los cuidados cotidianos. Ese acompañamiento hacía que el aprendizaje fuera natural y compartido. No se necesitaba tanta información porque crecías viviendo y normalizando escenas de cuidado a bebés y de lo que esto suponía. Hoy, en cambio, hemos perdido esos espacios y, al no haber visto ni experimentado esas prácticas, no sabemos realmente cómo afrontarlas. También ocurre que la maternidad se vive desde una idealización: cómo “debería” sentirse una madre, cómo debería comportarse o disfrutar. Sin una continuidad real de encuentro con otras personas que crían, solo vemos una pequeña parte de su realidad, un instante, pero no todo lo que hay debajo.

A todo esto se suma la sobreinformación, que convierte algo que debería ser instintivo y sostenido por la comunidad en una tarea exigente, donde parece que solo existe una única manera “correcta” de hacerlo. La lactancia, por ejemplo, no es un conocimiento innato ni siempre fluye de forma sencilla, con frecuencia genera malestar, dudas y culpa en las madres, que sienten que deberían saber hacerlo de manera natural.

Otro factor que incrementa el malestar en la maternidad es la infantilización de la mujer en ciertos entornos sanitarios, donde algunos profesionales desactualizados pasan por alto la dimensión emocional que acompaña a la crianza. Esto da lugar a situaciones complejas en las que se juzga el modo en que la madre cuida a su bebé, pese a que ella apenas cuenta con experiencia y, en muchos casos, solo dispone de teorías sobre cómo “debería” hacerlo.

En este contexto, la soledad se convierte en uno de los principales factores de riesgo para la depresión posparto. Por ello, recuperar la compañía, la tribu y el apoyo emocional es fundamental para una maternidad más humana, acompañada y sana. En respuesta a esta necesidad, comienzan a cobrar protagonismo las asesoras de lactancia y otros profesionales altamente formados en crianza y cuidado (como las matronas), que ofrecen acompañamiento durante las primeras etapas, ayudando a resolver dudas y sostener a quienes deben cuidar sin saber aún cómo hacerlo. Además, es importante buscar redes de apoyo con otras mujeres que estén viviendo experiencias similares, como los grupos de crianza, para construir esa comunidad o “tribu” (aunque sea de forma artificial) tan necesaria en esta etapa de la vida.

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