Durante la mayor parte de la historia, los seres humanos hemos vivido rigiéndonos por los ritmos naturales (día- noche, estaciones, cosechas…). Esperar formaba parte de la existencia: era una manera de comprender que todo proceso necesitaba un tiempo, unos pasos. Sin embargo, actualmente la situación ha cambiado y hemos pasado de estar acostumbrados a esperar a necesitar la inmediatez. La tecnología, la globalización y la manera de vivir en muchos de los países más desarrollados del mundo, han cambiado completamente nuestra relación con el tiempo. Hoy, lo inmediato es sinónimo de eficiencia, de buen funcionamiento y de desarrollo, y la lentitud, en la gran mayoría de los casos se ve como algo negativo, como algo que queremos evitar, puesto que indica un mal funcionamiento o un pobre desarrollo.

Esta “prisa” permanente tiene un coste a nivel psicológico. El sistema de recompensa que todos tenemos y en base al cual todos funcionamos, se ve estimulado constantemente por gratificaciones rápidas: una respuesta, un clic, una compra, un “me gusta” … Cada pequeña gratificación nos hace querer que esto se repita. Cuanto más rápido llega la recompensa, más difícil se vuelve esperar. Así, aprendemos a asociar el bienestar con la velocidad y el malestar con la lentitud o el parar.

Desde la práctica clínica, es común ver cómo esta dinámica se manifiesta en forma de impaciencia, ansiedad, dificultad para concentrarse o sensación de agotamiento constante. Vivir con prisa se vuelve una costumbre en la que podemos llegar a confundir estar haciendo muchas cosas con bienestar y que a su vez nos aleja de ser un poco más conscientes y poder estar tranquilos sin necesitar estar permanentemente siendo productivos o permitirnos sentir el vacío.  

En la adolescencia, la cultura de la inmediatez impacta con mucha fuerza. Esta etapa del desarrollo está marcada por una búsqueda intensa de identidad y pertenencia, sumado a una necesidad fuerte de sensaciones placenteras relacionadas con la recompensa. A nivel cerebral, el sistema emocional madura antes que las áreas que regulan la impulsividad y la planificación. Esto significa que los adolescentes sienten con intensidad, pero aún están aprendiendo a esperar y a sostener el malestar, lo que dificulta que puedan “resistirse” ante estas dinámicas de inmediatez.

Las redes sociales, los videojuegos y la comunicación digital refuerzan este problema. En un entorno donde todo es rápido (y a veces también superficial), se vuelve muy difícil tolerar la incertidumbre, la espera o el silencio.

Pero los adolescentes no son los únicos que se ven envueltos en estas dinámicas; La velocidad también afecta intensamente a las relaciones sociales adultas. Todos esperamos respuestas instantáneas, soluciones rápidas y vínculos sin conflictos. Sin embargo, algunas de nuestras cualidades más puramente humanas necesitan de otros ritmos/tiempos: la confianza, la empatía y la intimidad se construyen lentamente, con idas y venidas, errores y silencios. Cuando buscamos la inmediatez también en los vínculos, corremos el riesgo de que estos se vuelvan frágiles y superficiales.

Al final no se trata en absoluto de rechazar los avances o la eficiencia con la que ahora se consiguen ciertas cosas, sino de tener un equilibrio donde poder ir rápido cuando se necesita, pero también poder parar, fomentar la paciencia y la conexión con lo que nos rodea desde un lugar de calma…

Si te has sentido identificado con el texto y crees que tú también vives deprisa y quieres hacer algunos cambios, te animamos a detenerte y mirar qué hay detrás de esa urgencia constante. En terapia, podemos ayudarte a reconectar con tu ritmo, aprender a manejar la ansiedad y recuperar una relación más sana con el tiempo.

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