La dificultad para acceder a una vivienda se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de muchos jóvenes en España. Tanto el alquiler como la compra suponen actualmente un obstáculo que puede retrasar la independencia, condicionar los proyectos de pareja y familia y generar una sensación de incertidumbre sobre el futuro. Sin embargo, las consecuencias de esta realidad van mucho más allá de lo económico; afectan a nuestra salud mental, a nuestras relaciones y a la manera en que imaginamos nuestra vida adulta.
La vivienda representa mucho más que un espacio físico. Está vinculada a la autonomía, la intimidad, la seguridad y la posibilidad de construir un proyecto vital propio. Cuando acceder a ella se convierte en un objetivo cada vez más difícil de alcanzar, no solo se aplazan decisiones prácticas, también puede perderse la sensación de control sobre los proyectos vitales.
Para muchas personas, la crisis de la vivienda también está cambiando la forma en que construimos nuestras relaciones. En el caso de muchos, compartir piso o vivir en pareja no supone únicamente a una decisión propia, sino a la necesidad de repartir unos gastos que resultan difíciles de asumir de manera individual. La convivencia puede ser un proyecto que deseamos, pero en muchos casos está ocurriendo que se está convirtiendo en la única alternativa económicamente viable.
Por otro lado, a nivel emocional, la idea de estudiar, trabajar y ahorrar ya no parece asegurarnos a una vida estable, ni permite alcanzar objetivos básicos, y esto puede provocar estrés sostenido en el tiempo, frustración y percepción de estar estancados, o incluso podemos llegar a sentirlo un fracaso personal, cuando existen muchos factores que se escapan de nuestro control. Y a nivel social, puede debilitarse la confianza en las instituciones y en las reglas que organizan nuestra sociedad. La distancia entre las expectativas y las oportunidades reales a las que se pueden acceder, provoca sensación de injusticia y puede transformar la incertidumbre y el miedo por la situación en enfado. Muchas veces, esto favorece la radicalización de ideas, ya que dichas ideas, nos proporcionan una explicación clara, nos permiten identificar responsables y nos proporcionan un sentimiento de pertenencia a quienes sienten que comparten una misma dificultad. Cuando alguien siente que su situación no tiene solución, las explicaciones sencillas, la identificación de culpables y la pertenencia a un grupo que comparte su malestar pueden aliviarnos.
Por eso, no podemos reducir la crisis de la vivienda a un problema económico ni a una cuestión de expectativas individuales. La salud mental también depende de las condiciones materiales en las que vivimos, de las oportunidades que percibimos como accesibles y de la posibilidad real de construir un futuro propio.
Si te sientes identificado y sientes que te está costando gestionar tu situación, no dudes en ponerte en contacto con nosotras.
